La historia de las cinco tribus

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El arqueólogo Jim Patterson caminaba a través de la frondosa selva húmeda del Amazonas atento a cualquier indicio de depredadores. Llevaba puesto un conjunto color caqui y unas botas negras. No acostumbraba a vestir así pero en aquella región sabía perfectamente que no debía dejar la piel al descubierto por los peligros que podía haber. Andaba con cautela, ya que no estaba familiarizado con el territorio. Hijo de una escritora y un arqueólogo, de pequeño siempre había estado con sus padres desenterrando nuevos yacimientos antiguos en Egipto. A los doce años mientras jugaba fuera del área de búsqueda, descubrió una caja con reliquias de un faraón, que le concedió a tan temprana edad un reconocimiento mundial. Pero ahora estaba ahí solo. Todo porque un amigo le habló de una leyenda según la que se decía que un niño, estando su pueblo en plena invasión enemiga, fue capaz de hacer entrar en razón a un soldado que los iba a ejecutar a él y a su familia. El hombre que sujetaba la espada se arrodilló llorando, dejó el arma y les pidió perdón tras ver su cara de inocencia. Aquel hombre que no era ni un general ni oficial consiguió que sus aliados se plantearan quien era en realidad el enemigo. Se dice que dicha historia fue cambiada pasando de boca en boca a lo largo de los años impidiendo así cualquier guerra, y para dejar constancia de su veracidad alguien la escribió bajo el título de “La historia de las cinco tribus”. Pero finalmente el relato terminó cayendo en el olvido, renaciendo así las guerras.

Como un hecho producto del azar giró la cabeza al oír tras de si el rugido de un mamífero. No había nadie. Miró en todas direcciones pero tampoco. Solo entre los árboles que lo rodeaban  vio uno que tenía algo especial en una de sus fisuras. Se acercó viendo un papel amarillento supuestamente debido al paso de los años. Aún así el texto, escrito en un idioma antiguo, lo comprendió.

En la parte superior de la hoja pudo leer: Si lees esto significa que he muerto protegiendo esto que tienes en manos. Espero que lo des a conocer para que mi muerte no sea en vano. Y a continuación se leía:

“Hace mucho tiempo existieron cinco tribus que vivían en distintos continentes separados por el mar, las cuales se llamaban Lraj, Anon, Mekh, Ztie y Gvdul. Cada una de las tribus tenía su respectivo símbolo y contemplaba un escrito hecho por la divinidad en la que creía, que según se decía, era la justificación de que pasasen cosas buenas y cosas malas. En más de una ocasión dichas tribus pelearon entre ellas, ya fuera por poder, por su símbolo o por creer en una divinidad distinta, y siempre comandadas por líderes. Líderes que actuaban para sus propios intereses clamando falsas ideas a sus inferiores hacia el enemigo. Y fue por esto que los años que fueron transcurriendo dejaron muchas muertes. Todos los hechos pasados se interpretaban en libros para posteriormente ser estudiados a fin, según se decía, de no volver a repetirlos. Aunque, después de las treguas temporales que sucedían, acababan renaciendo como si fuera algo nuevo. Pero una vez ocurrió un hecho que cambió para siempre aquel destino cíclico.

Las personas reaccionaron ante aquellas manipulaciones que les hacían ver a los considerados enemigos como malos o buenos dependiendo de qué se tratase. No fue una guerra la que cambió los hechos si no la concienciación de las personas, pues demasiados conflictos habían ocurrido para tener que haber más. Las cinco tribus aprendieron a vivir en armonía decidiendo dejar, debido a los años pasados la codicia a un lado, al observar que ésta acabaría generando más guerras y pobreza. También abandonaron junto a sus símbolos y divinidades los escritos representativos de éstas, pues es el ser humano el que con el tiempo ha demostrado que tiene poder para construir o destruir, y que ante todo actúa con conciencia, aspecto innato en él que a veces algunas voluntades oprimen”.

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