La mano negra

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Hubo una época en que las enfermedades llegaron casi a asolar aldeas y pueblos enteros. No existían avances ni descubrimientos médicos. La palabra salud era un término vacío carente de significado. Los chamanes eran los únicos que tenían el don de la curación, que con sus plantas elaboraban remedios naturales, pero que aun así en la mayoría de veces resultaban ser inefectivos.

Fue entonces cuando en una lluviosa noche nació un niño con un don especial, y que más adelante sería bautizado con el nombre de “Milagro”. Era un niño común a los demás, lo único que lo distinguía era su mano derecha de color negro. Y esto sería normal si tuviese la piel morena, pero la tenía blanca. A los pocos días de nacer quedó huérfano. Pues el padre no veía lógicas las súplicas de fidelidad que le hacia la madre, además de que en el vecindario todos sabían que la había sacado de la prostitución y lo liberal que había sido. El caso es que una noche llegó borracho a la casa y dado que era motivo de burlas del vecindario, tomó un cuchillo y asesinó la madre mientras dormía. Quiso hacer lo mismo con el bebé pero pensó que no podría vivir con el remordimiento de quitar la vida a un ser inocente. La noticia cobró eco cuando, después de posponer el padre varias veces la cita con el médico para que viera el estado del niño y la madre, terminara por confesarlo. Tres días más tarde fue colgado entre burlas y gritos de odio en medio de la plaza del pueblo.

El niño quedó a cargo de una pareja que quería también un niño pero que les era imposible tener uno por problemas de infertilidad del hombre. En un principio fue rechazado a causa de la historia pasada que llevaba consigo, pero viendo que las opiniones de los demás versaban en otros hechos del día a día, lo aceptaron. Y también con el tiempo le cogieron cariño. Un cariño que duró hasta que descubrieron su don: curar cualquier enfermedad con la mano negra.

A sus servicios se les puso un precio. Pero hubo quienes viendo aquella injusticia que unos podían permitirse y otros no, no dudaron en intentar hacerse con él. Y así fue. El niño pasó su vida sanando personas siendo secuestrado y liberado a cada rato. No se sabe si fue a causa de la triste vida que llevaba, que un día cayó enfermo y murió. Entre miles de lágrimas, flores y lamentos su cuerpo fue sepultado bajo tierra, lugar que a lo largo de años, evitó que acabaran muchas personas. Pero ahí no acabó todo.

Más tarde su tumba fue saqueada. En ella el cuerpo del niño estaba en un avanzado estado de descomposición a excepción de la mano negra. Como polen que arrastra el viento, el rumor de que alguien tenía una mano con poderes curativos corrió de nuevo. La alegría estuvo presente en los corazones de muchos, pero también la sed de riqueza. Fueron tantas las mentes corrompidas por el dinero que pocas conseguían mantener el sentido común. Aunque lo hicieran temporalmente.

Dicho objeto fue objetivo principal de reyes que no dudaban en mandar sus ejércitos ahí donde sabían que podía estar. Las miles de vidas que eran consumidas por dicho objeto eran en mayor proporción superiores a las que lo hacían por enfermedades. ¿Valía la pena entonces luchar por ello?

En una época en la que visitar las profundidades marinas no era más que el sueño de muchos, y cuando el color marrón de la tierra ya no podía ser más rojo y dado el peligro que conllevaba su existencia, se estableció una tregua. En la que se declaró lo siguiente: aquel que poseyera la mano negra debía guardarla en un cofre metálico cerrado con cadenas y arrojarla al mar.

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