Recuerdos de una época pasada

Hdesvanabía una vez un anciano que vivía en una apartada casa situada en la alta montaña que estaba haciendo limpieza. No tenía nadie más, pues su mujer había fallecido hacía ya mucho tiempo y nunca tuvieron hijos. Los años habían transcurrido para él en solitario y tristes. Cada día de su vida era igual sin importar la estación del año. Salía pocas veces de casa y las que lo hacía era para ir a comprar. La otra parte del tiempo la destinaba a comer, mirar la televisión y dormir. Vivía en una constante monotonía que lentamente le iba consumiendo. Pero un día y de forma extraña se levantó con ánimos de hacer algo. Había estado limpiando todas las estancias de la pequeña casa y se disponía a hacer lo mismo con el desván. Demasiados años hacía que no iba allí, ya que tampoco tenía ninguna necesidad. Seguramente estará lleno de telarañas y polvo, pensó. Pero ya toca. Cuando subió allí haciendo descender una escalera desplegable, empezó a remover cajas de cartón que guardaba apiladas, sin haberles dado en mucho tiempo ningún uso. Y fue en una de esas cajas que movió que lo vio: un librito de la altura de un palmo y de ancho medio. Estaba tan cubierto de polvo que impedía ver el título. El anciano dejó al suelo la caja y tomó el libro, y sabiendo que hay libros que tienen escrito su nombre en el costado lo volteó, pero no estaba escrito nada. Con la ayuda de una mano y soplando quitó el polvo de la portada, pero tampoco figuraba el título. Extrañado, apartó unas cajas para sentarse en el suelo y lo comenzó a leer.

“Había una vez, entre las montañas, un pequeño pueblo donde convivían en paz sus habitantes. Eran personas mayores, no había niños, pues éstos se habían hecho mayores. Todo siempre tenían qué hacer: unos iban a trabajar, otros a comprar y algunos a pasear. Y quien no hacia nada de esto ayudaba en aquello que cualquiera necesitara. Pero una cosa los mantenía tristes aun estando en paz entre ellos, que no era ni más ni menos que el conflicto que libraba cada uno consigo mismo. Eran felices, en apariencia, estando siempre dispuestos a ayudar a los demás, menos a ellos mismos. Si más no, aquellas personas mayores una vez habían sido niños, que como tales alguna vez tuvieron sueños sobre aquello que devendrían de mayores. Pero al revés de una llama que va deshaciendo la cera hasta apagarse, a medida que fueron creciendo, se fueron olvidando de su recuerdo. Así pasaron años vacíos llenos de amargura interna para aquellas personas, hasta que un día llegó al pueblo escondido entre las montañas, un hombre de mirada altiva. Los habitantes querían saber quien era aquel hombre, así que uno le preguntó sobre su persona. A lo que él contestó: que me diga cada uno de vosotros quien sois y sabréis quien soy. Aquella energía que emanó al hablar hizo que cada uno de los habitantes recordara quien era, porque solo el coraje puede sentirse a través del corazón.”

El anciano, que había concluido el relato, tuvo una sensación que hacía tiempo no tenía. Los sentimientos que le oprimían el corazón se desvanecieron y vivió el resto de su vida como el niño que una vez fue, volviéndose ávido por saber y experimentar sobre todas aquellas cosas que aún, siendo tan mayor, le eran desconocidas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s